Liberalismo y globalización: los límites de los proyectos organizadores.

Antonio Emmanuel Berthier*



Resumen: En este texto, el autor reflexiona sobre el fracaso histórico de los proyectos organizadores ilustrados y post-ilustrados para alcanzar el progreso social. En particular, se hace énfasis en la contradicción que presenta la actual configuración política y económica de la sociedad de la información con los principios del liberalismo económico y la democracia liberal.

Abstract: In this article the author reflects on the historic failure of the illustrated and post-illustrated paradigms to achieve social progress. In particular, he emphasizes the contradiction presented by the current political and economic configuration of the information society with the principles of economic liberalism and liberal democracy.
















*  Profesor Investigador del Grupo Emergente de Investigación de la Universidad Mesoamericana Oaxaca, email: antonioberthier@yahoo.com

Los proyectos unificadores.



La sociedad de posguerra ha desafiado todas las interpretaciones y proyectos unificadores previstos por las ciencias herederas del pensamiento social ilustrado y que alcanzaron su pleno desarrollo a mediados del siglo XIX. El positivismo de Comte, tan opuesto a la metafísica ilustrada pero al mismo tiempo deudor entusiasta del optimismo con respecto a la posibilidad de alcanzar el progreso social por la vía de la razón, nunca logró colocar las bases que cimentaran un proyecto social diferente al que originó la Revolución Francesa. El ideal de Auguste Comte de una sociedad que orientada por el amor, el orden y el progreso alcanzaría cabalmente el estado positivo, científico e industrial palideció frente a la violenta disrupción de la Primera Guerra Mundial y las grandes crisis económicas del capitalismo internacional que transformaron el mundo en los primeros treinta años del siglo XX. La misma suerte tuvo el otro proyecto homogenizador que siguió el legado de la ilustración y que adquirió forma y sentido en la obra de Karl Marx. Amparado en la racionalidad histórica, el materialismo marxista prometió un nuevo y utópico mundo social que llegaría como salvación en vida para sus constructores, las masas empobrecidas por el proceso de industrialización capitalista. Convertido en sujeto histórico por su profeta y sabedor de su papel transformador, el proletariado abrió paso por la vía de las armas a la Revolución de Octubre teniendo como destino fatal setenta años de autoritarismo soviético y capitalismo de Estado. Desde un punto de vista reflexivo y hasta cierto punto hegeliano, podríamos decir con cierta ironía que si es en última instancia la sociedad la que orienta con su desarrollo y estados sucesivos las explicaciones y las predicciones que las ciencias sociales hacen de ella, ella misma se ha rehusado a realizar el proyecto que ha concebido para sí.

Pero ahí donde la ciencia social ha fallado, la filosofía política tampoco ha logrado cosechar frutos importantes. El liberalismo político, también un proyecto ilustrado, se manifestó por la reducción del Estado a un Estado mínimo, garante último del derecho natural del hombre a vivir bajo el principio de la libertad racional para

actuar y gobernarse a sí mismo por la vía de la ley. El Estado liberal es un Estado de derecho, donde la norma garantiza la libertad negativa del individuo de no tener que realizar aquello que no desee. La labor del Leviatán será mantenerse en vigilia, proteger al ciudadano teniendo en una mano la ley y en la otra la espada. El siglo XIX inauguró la llamada “era liberal” al expandir esta filosofía política por el mundo occidental, particularmente, en aquellos Estados gobernados por regímenes democráticos. Los dos hijos predilectos de la Ilustración, la democracia y el liberalismo, dieron origen a una relación tan idílica y ficticia como la creencia en los derechos naturales que los sustentaban. La sociedad del siglo XX, sin embargo, volvería a destrozar esa confianza iusnaturalista al presentarnos los diferentes rostros del Estado “máximo”encarnado en sus líderes políticos Stalin, Roosevelt y Hitler quienes por medio del autoritarismo lograron hacer prevalecer su voluntad y el interés del Leviatán por sobre el interés y bienestar del ciudadano.

Pero quizá, de todos los proyectos homogenizadores, el más sobresaliente y paradójico resulta ser el correlato económico del liberalismo político: el liberalismo económico. La vieja doctrina liberal escocesa que pregonara Addam Smith se levantaría triunfante en tanto concepción económica de la nueva sociedad ilustrada hasta su contundente caída con la debacle capitalista financiera de 1929 y el paulatino surgimiento del Estado de bienestar sustentado teóricamente en las tesis de Keynes. Esto hubiera bastado para socavar el entusiasmo liberal de no ser por los acontecimientos que se combinaron y reconfiguraron el panorama político y económico de la segunda mitad del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el modelo económico basado en el control de las variables económicas como el empleo, la inflación y las tasas de interés bancario por parte del Estado acumuló una serie de contradicciones (por demás propias del capitalismo) en la medida que su labor gestora y asistencial empezó a incrementar excesivamente la deuda interna volviendo inoperante el esquema de acumulación capitalista internacional de posguerra. Esta crisis del Estado benefactor se dio de manera simultanea a otra crisis aún más significativa

y que puso fin a la configuración geopolítica de la Guerra Fría protagonizada por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como cabeza del bloque socialista europeo y los Estados Unidos como representante del “mundo libre”. Desde finales de la década de los setenta, los regímenes de economía centralizada de Europa del este se vieron doblemente empobrecidos. Por un lado vieron mermadas sus economías al mantenerse al margen del intercambio comercial con el mundo capitalista y por el excesivo gasto militar empleado para sostener la carrera armamentista con los países de la OTAN. Pero su más importante déficit no era económico sino político ya que durante los setenta años de expansión del “poderío” soviético en ninguno de los países en los que germinó –vía la imposición militar- la semilla del marxismo pudo el poder socialista generar el consenso social que justificara y legitimara los abusos a la población civil y la pérdida de los derechos ciudadanos básicos. Para finales de la década de los ochenta las negociaciones entabladas por Mijhail Gorvachov, Ronald Reagan, Margareth Tatcher así como la labor pastoral en contra del comunismo realizada por Karol Wojtyla propiciaron las condiciones políticas para el paulatino desmantelamiento del Estado Soviético y la caída del bloque socialista emblematizado por la destrucción del muro que dividía la ciudad de Berlín.

Estos acontecimientos aunados a la internacionalmente inobjetada incursión militar de los Estados Unidos en Irak en 1991 forjaron lo que en su discurso triunfalista el presidente George Bush reconoció como el inicio de un nuevo orden mundial: un mundo unipolar donde el fantasma del comunismo había sido vencido y erradicado por la economía de mercado, el liberalismo político y la construcción de un régimen democrático de gobierno mundial. De pronto, la vetusta democracia liberal y el liberalismo económico parecían regresar de la tumba clamando venganza sobre el Estado de bienestar y los sistemas de economía planificada. En menos de una década la oleada liberal y democrática que transformó al bloque socialista se estableció como la base ideológica del nuevo consenso internacional. Sin embargo, cabe preguntarse si este viraje constituye un auténtico retorno triunfal del liberalismo clásico o bien si asistimos a una configuración diferente de

la economía internacional correspondiente al “nuevo orden mundial”. Para responder esta pregunta debemos abordar una serie de transformaciones a las que no nos hemos referido todavía y que están relacionadas con una nueva forma de percepción social del mundo social: la sociedad global.

La nueva era tecnológica



Junto con las transformaciones políticas y económicas que conformaron el “nuevo orden mundial” se vino gestando una revolución tecnológica a partir del fortalecimiento de la industria informática y las nuevas tecnologías de comunicación. Para la década de los sesenta los soportes tecnológicos y la infraestructura de medios de difusión que protagonizaron estas transformaciones se fueron expandiendo por todo el mundo modificando las prácticas culturales así como los procesos de organización de la producción y la distribución de bienes de consumo masivo. La incorporación de redes digitalizadas y herramientas informáticas facilitaron e hicieron expedita la comunicación a distancia favoreciendo importantes agentes económicos como las telecomunicaciones y el sector estratégico de los servicios financieros. Las consecuencias de estos desarrollos se hicieron visibles a mediados de los ochenta cuando prácticamente se había conformado una red cibernética y mediática de comunicación global que permitía el tránsito de información y capitales en tiempo real sobrepasando las barreras jurídico-políticas de las economías nacionales. Fuera de toda previsión por parte de los teóricos clásicos del capitalismo y de las ciencias sociales en general, en menos de dos décadas los procesos de reproducción del capitalismo de posguerra tomaron como base las tecnologías de información y se desincorporaron de la dinámica económica asentada sobre el espacio territorial del Estado e nacional generando el surgimiento de una economía internacionalizada con unidades de producción multinacionales y una nueva división internacional del trabajo. Las empresas multinacionales reafirmaron su condición de agentes económicos privilegiados y colocaron sus intereses corporativos por todo el mundo generando un proceso de globalización de la propiedad sobre la producción y

prestación de servicios. Por otro lado, las estrategias de supervivencia geopolítica de los países tanto del primer como del tercer mundo se orientaron a la conformación de bloques comerciales y áreas de libre intercambio de bienes y servicios generando una diferenciación tripartita de las relaciones económicas mundiales. Los Estados Unidos con América Latina, la Unión Europea con un conjunto de economías más o menos homogéneo y Japón con los países asiáticos constituyeron las regiones de la nueva economía internacionalizada. Había iniciado la era del capitalismo global.

La estructura de la nueva economía capitalista internacionalizada se encuentra sostenida por los soportes tecnológicos para el procesamiento y comunicación de la información de la era de la globalización. Dado que la organización misma del sistema capitalista se centra no sólo en la propiedad privada globalizada de los medios de producción de capital sino en la competencia entre factores económicos y regiones comerciales equivalentes, esta nueva sociedad global es una sociedad que funciona bajo la prerrogativa de un desigual acceso a las tecnologías de la información y una capacidad asimétrica para producir conocimientos capitalizables. El grado de rentabilidad de los agentes económicos transnacionales y el nivel de competitividad que los Estados-Nación pueden generar, mantener o incrementar depende de una estratégica aplicación de sus recursos económicos al desarrollo de tecnologías de información y a la inversión en sectores cuya productividad se pueda potenciar gracias a estos desarrollos tecnológicos. Lo anterior implica una alta responsabilidad de los niveles gerenciales, en el caso de las corporaciones transnacionales, y una dirección económica y de planificación por parte de los Estados nacionales tan intensa como en la época del keyesianismo.

Este último aspecto de la globalización es de particular relevancia dentro de nuestra argumentación con respecto a la incapacidad de los relatos homogenizadores, particularmente para el caso del liberalismo clásico. Si uno de los principios fundamentales de esta doctrina escocesa lo es la reducción de la

ingerencia estatal en el campo de la economía y la libertad de intercambio atribuida a los particulares como medio para alcanzar “la riqueza de las naciones”, el capitalismo globalizado difícilmente ostenta un carácter liberal más allá de la normatividad y procedimientos jurídicos que regulan “des-regulando” la actividad comercial.

Liberalismo contra globalización



Para que una nación se integre con mediano éxito a la “factoría mundial” del capitalismo globalizado la clase gobernante deberá ajustar sus decisiones en materia de política económica de acuerdo a un modelo de desarrollo diferente al que prevaleció durante los años de posguerra. La liberalización es, en efecto sólo una parte de estas reformas indispensables para la integración, pero, en efecto, no la más importante. El participar de la economía internacionalizada supone generar un proyecto nacional de desarrollo que deberá alcanzar un grado de consenso suficiente para lograr mantenerse. La implementación de este proyecto pasa por una serie modificaciones a las políticas de asistencia social y de gasto gubernamental características del Estado de bienestar. La privatización de las empresas estatales, la conformación de un sistema financiero atractivo para el capital internacional y la reorientación de la inversión estatal y privado a sectores de alta productividad requiere de acciones gubernamentales concretas pero sobre todo, supone la utilización de toda la capacidad negociadora del Estado para incorporar al nuevo modelo al trabajo organizado. Sin embargo, es un hecho que con más o menos consenso social, los Estados nacionales han logrado colocarse dentro del nuevo escenario mundial compitiendo ya sea por la colocación y realización de sus exportaciones en mercados cada vez más amplios o bien por ser considerados destino privilegiado para asegurar el mayor nivel de rentabilidad potencial.

En la era de la globalización, el Estado no es en ningún sentido un Estado mínimo ya que su acción dentro de la esfera privada es determinante como guía del

proceso de incorporación de los intereses particulares nacionales al concierto internacional. Tampoco es un Estado plenamente democrático pues la capacidad de intervención de los intereses de las mayorías en la toma de decisiones es altamente limitada. Sólo en el discurso político predominante, en las metáforas románticas del globalismo que se difunden a través de los medios de masas, a través de la crítica política opositora y en las declaraciones optimistas de los sectores favorecidos por la economía global se reconoce como liberal una sociedad que mantiene lazos con el autoritarismo pasivo y que combina la planificación económica de vena corporativa con la economía de “libre” mercado.

En la antesala del siglo XXI la sociedad moderna se configura como una sociedad altamente interconectada donde los medios de comunicación han dejado de ser masivos para ser propiamente mundiales. Los contenidos informativos generan nuevas formas de identidad y reflexividad sociales que transitan desde el nacionalismo a ultranza a la euforia unificadora del globalismo. El mundo se ha regionalizado y los nuevos actores sociales son tan escurridizos como los territorios virtuales donde se construye el conocimiento, donde se desdobla la vida social y donde se reproduce el sistema económico mundial.

Hemos podido constatar que los proyectos homogenizadores de la ilustración y las ciencias sociales decimonónicas no pudieron explicar bajo el tamiz de sus categorías y andamiajes conceptuales las transformaciones sociales que tuvieron lugar a principios del siglo XX. Esta incapacidad, obedeció en parte a que dichas reflexiones, influenciadas por el pensamiento organicista de la época, miraban en la sociedad de su tiempo a un cuerpo equilibrado que evolucionaría a partir de la diferenciación progresiva y cuyos elementos funcionales obedecían a un esquema teleológico según el cual toda modificación estructural podía ser anunciada y seguramente sería para mejor. El funcionalismo decimonónico tan característico de la sociología evolucionista de Spencer, así como el idealismo hegeliano materializado por Marx, nos ofrecieron una imagen de sociedad demasiado simple, lineal, insuficiente, incapaz de comprender la complejidad de la sociedad

moderna. Ante el desarrollo de los acontecimientos históricos tanto la sociología como la filosofía social se mostraron tan optimistas como los relatos Iusnaturalistas de la democracia liberal y tan inverosímiles como la ficción explicativa de Smith sobre la mano invisible que traería la equitativa repartición de la riqueza en la economía liberal. Sin embargo, la situación actual no parece ser muy distinta a pesar de que las ciencias sociales han alcanzado un considerable grado de desarrollo.

El mundo globalizado parece haber tomado por sorpresa la reflexión social cuando aún no terminaban de adaptar sus objetivos para la observación del fin de la Guerra Fría. Si bien es cierto que ya no predomina el pensamiento organicista ni la teleología materialista parece que las herramientas conceptuales cada vez más complejas buscan todavía desde diferentes derroteros aprehender, organizar, explicar o al menos describir la compleja realidad que les rodea. Una condición indispensable para lograr este fin puede ser abandonar la pretensión de adecuar los esquemas de interpretación filosófica y sociológica tradicionales al estado actual de la sociedad. Pretendiendo observar con el instrumental decimonónico un mundo cuya configuración inédita demanda nuevas categorías no se podrá lograr comprender la lógica de un sistema complejo cuyos elementos escapan a toda pretensión predictiva ilustrada. Las ciencias sociales del nuevo milenio tendrán que comprender a la sociedad moderna sin prejuicios ideológicos, sin presupuestos metafísicos finalistas y sobre todo, teniendo la precaución de no caer en los excesos de la racionalidad ilustrada homogenizante y unificadora. Las ciencias cognitivas organizadas bajo un punto de vista complejo parecen estar dispuestas a recorrer este derrotero, habrá que esperar en un futuro sus resultados.

Bibliografía



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Wallerstein, Inmanuel (1990) "Análisis de los sistemas mundiales" en La teoría social hoy de Anthony Giddens y Jonathan Turner (comp.), Alianza / CNCA, México.

Bougnoux, Daniel (1999) "¿Cómo podemos ser mundiales?" En Introducción a las ciencias de la comunicación. Nueva Visión, Buenos Aires.
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