Respuesta a Jorge Galván: sobre las implicaciones de la distinción noúmeno / fenómeno en la búsqueda del sentido.

Antonio Emmanuel Berthier
Grupo Emergente de Investigación Oaxaca




Resumen: En este texto el autor toma como base la reflexión de Jorge Galván vertida en el segundo volumen de Configuraciones acerca de la forma como dentro de la ciencia y otros sistemas de producción de conocimiento se construye el sentido del mundo a partir de la referencia a la distinción entre la concepción nouménica y fenoménica de la realidad.

Abstract: In this text the author takes as its starting point the reflection of Jorge Galvan, as it appears in the second volume of Configuraciones, about how science and other knowledge systems built sense of the world from the reference between the conception of reality as a phenomenon and noumenon.



Para los Jorges

Me resulta inevitable hacer referencia a la breve pero brillante reflexión que nos ofrece Jorge Galván en la editorial al segundo volumen de Configuraciones (enero de 2008) sobre la inagotable búsqueda humana del sentido en la religión, la filosofía y la ciencia, así como también me es imposible no considerar seriamente su atenta invitación a pasar por alto la distinción impuesta por el benigno geniecillo alemán, nacido y extinto en Königsberg, entre el mundo cognoscible y su correlato indeterminable, limitación que separa nuestra pretensión cognitiva teórica de explicar la naturaleza –en tanto que condición previa para adaptarnos a ella, y nuestras auto‐impuestas limitaciones de orden moral.

Un camino para bordar la invitación de Jorge Galván es tratar de describir desde una pretendida observación de segundo orden las consecuencias que tiene cada uno de los lados de la distinción referida entre noúmeno / fenómeno dentro de la labor de un grupo de investigación y docencia como el responsable de llevar hasta nuestros dilectos lectores la revista Configuraciones.

Del lado fenoménico la realidad es considerada como un estado de cosas mensurable, determinable, y por lo mismo el resultado más o menos continuo del encuentro entre la estructura del mundo físico y los sistemas e instrumentos de medición con los que operamos distinciones en él. Estos sistemas de medición pueden ser tanto materiales como abstractos: el conocimiento que poseemos actualmente sobre el cosmos ha sido forjado en igual medida con el apoyo de los telescopios astronómicos, de las teorías físicas que nos permiten interpretar nuestras observaciones y de los sistemas matemáticos que nos permiten formalizar nuestras interpretaciones.

Con respecto al lado nouménico de la realidad, el sociólogo, el filósofo, el político y el religioso tienen más o menos las mismas libertades y las mismas limitaciones, dependiendo de los sistemas metafísicos, de las tradiciones acumulativas o de las semánticas normativas que orienten su reflexión y su acción. En cada caso, el ser íntimo de las cosas, su esencia, su causa primera o su finalidad en sentido teleológico, prescinden de nuestros sistemas de medición y se bastan de la pura razón para cobrar materialidad en nuestros discursos y conducta morales, políticos y religiosos. Sólo en esta realidad trascendente e independiente del conocimiento de la ciencia el filósofo, el político y el religioso podrán distinguir verdades que servirán de base para la vida práctica y sólo en este sentido, el científico social podrá hacer un seguimiento escrupuloso de esas semánticas filosóficas, políticas y religiosas con las que los actores sociales otorgan sentido a la realidad.

Esta observación de segundo orden puede realizarse en un sentido inverso de tal suerte que la labor científica podrá ser objeto de distinciones políticas, religiosas y morales adquiriendo un significado específico dentro de la complejidad organizada de un determinado sistema de creencias políticas, de una tradición acumulativa religiosa o de un sistema ético. Por más distintas que sean éstas observaciones del mundo, unilaterales o recíprocas, el común denominador de todas ellas es la referencia circular que las hace posible: la labor científica sólo puede parecer como políticamente correcta dentro del ámbito de distinciones de la política y, del mismo modo, la actividad política adquiere racionalidad histórica sólo al ser traducida al cuerpo de distinciones de una filosofía de la historia determinada. En todo caso, haciendo eco de la reflexión de Jorge Galván, estos sistemas de observación que operan simultáneamente nos regresan, con todo y su artificialidad y riqueza, una imagen poli‐contextual que reduce, organizándola, la complejidad en sí desbordante del mundo.

¿Cómo entender a la luz de esta doble descripción la labor de un grupo de docentes investigadores?

Más allá de las limitaciones formales o culturales de una organización educativa, el trabajo académico suele colocarse del lado fenoménico de la distinción, del lado de la concepción trascendental de la realidad ‐incluso sin tener conocimiento o plena conciencia de la interdicción del geniecillo benigno de Königsberg, auto‐definiéndose como un medio de preservación y comunicación del conocimiento adquirido, de su divulgación dentro de la

sociedad y de la formación de cuadros para la continuidad de los programas de investigación propios de la ciencia. En este sentido, si bien podemos aceptar la propuesta de Jorge Galván y poner entre paréntesis la distinción, parece que inevitablemente estamos determinados por ella, colocados por ella del lado de la forma donde las construcciones racionales del mundo prescinden de lo normativo, de lo mágico e intuitivo. Pasar del lado contrario implica, al interior de la propia comunidad de científicos que lo intenta, una reflexión epistemológica: reflexionar sobre la oportunidad de introducir dentro de la forma paradigmática de la cientificidad criterios extra‐científicos. Pero entonces, al atravesar esa frontera los sistemas de categorías cambiarán, los valores a los que se hará referencia provendrán de otros cuerpos integrados de explicaciones diferentes de los científicos (filosóficos, morales, políticos, artísticos, etc.) que sólo en una operación de segundo orden del sistema de la ciencia podrán encontrar su justificación y ser pertinentes dentro de la semántica científica a la que irremediablemente regresará esta hipotética comunidad de investigadores si pretende seguirse definiendo como tal.

Por ello, agradezco a mi amigo la invitación y renuncio cortésmente a ella. No por su legitima aspiración a integrar diferentes y más plurales reflexiones y discursos a la vida académica de una publicación como Configuraciones, sino por la imposibilidad lógica de pasar de un orden de sentido propio de la ciencia, en este caso de la sociología, a otro extra‐científico, sin perder la coherencia y la preformación sensorial e intelectual que acarrea consigo la formación académica previa que hace posible mi desempeño dentro  del grupo de investigación e incluso hace posible escribir estas líneas para Configuraciones. Una distinción científica que renuncia a sí misma se diluye en su propia observación de un mundo policontextual; y por otro lado, lo que tenga que decir la ciencia sobre algo sólo será relevante si es dicho desde la propia complejidad organizada de su sistema de observación. A esta forma de observación acotada, limitada y específica prefiere aferrarse quien escribe estas líneas.

Jugando un poco con esta idea de salir de sí mismo, de la perspectiva científica, para auto‐ observarse moralmente como personas, los sociólogos –como por demás todo profesionista especializado cuyas acciones afectan a otros, han generado códigos éticos. La primera norma del código ético de la Asociación Americana de Sociología (ASA, por sus siglas en inglés) concerniente a la labor profesional y científica del sociólogo, dice:

El Sociólogo debe adherirse a los más altos estándares técnicos que sean razonable y responsablemente utilizados en su labor de investigación, la enseñanza, su práctica y actividades de servicio. Se guiarán por un punto de vista científico y por los conocimientos derivados de su práctica profesional; actuarán con honestidad e integridad, y evitarán hacer declaraciones falsas, engañosas, o no documentadas en la realización de trabajos concernientes a sus funciones o actividades.

Pero aún dicha configuración del sentido ético del quehacer científico obedece, en última instancia a criterios científicamente pertinentes. Una auto‐observación éticamente configurada de la propia sociología como actividad profesional obligaría a cualquier colega

a rechazar la invitación del maestro Jorge Galván si, como yo, la toma en toda su seriedad y contundencia disciplinar.
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